
Ya ha pasado la Semana Santa y con ello todo mi estrés, porque para mi es la semana grande de mi ciudad, ni fiestas de primavera, ni “Huertos” en Septiembre, ni “Moros y Cristianos” en el Malecón. Mi gran semana comienza el Viernes de Dolores y termina el Domingo de Resurrección.
Este año no he parado, para variar. Entre las procesiones en las que salgo y las que voy a ver y el ratico que le tengo que dedicar por mi cargo en una de ellas, poco tiempo me queda para dedicarme a otras cosas.
Pero este año, en la pasada Semana Santa, he conseguido sacarle unas horas a uno de los días para hacer una de esas cosas que nos dejan con el bolsillo temblando y las carteras vacías durante los próximos 35 años de mi vida.
El Martes pasado y no el de ayer, que poco tiempo hubiera tenido entre cervecitas y marineras en la plaza de las flores, firmé una hipoteca con el banco y posteriormente la escritura de mi nueva casa, previo pago del cheque prestado por la CAM al beneficiario.
Ahora ya puedo decir eso de “mí” casa y no la de mis padres o la de mis hermanos. Ya tengo mis 80 m2 útiles en mi poder, con su llavecita y todo para poder entrar cuando quiera. Eso sí, la cosa es de propiedad compartida con la novia de uno, porque yo solico no creo que hubiera podido hacerme cargo económicamente ni del salón.
Ahora estoy al tanto de eso del Euribor y todas esas cosas que tanto oyes en los telediarios que si suben o no. Dentro de seis meses entonces me enteraré de cómo está la cosa y escribiré un post sobre ello, que también es interesante.
Intentaré no volver a marcharme sin avisar tanto tiempo pero cómo veréis mi última semana ha estado eclipsada por la Semana Santa y “mí” casa.